Preguntas tontas


Al igual que muchos otros estudiantes, yo también me burlé de la idea de que “No hay preguntas tontas.” Esta arrogante y mal dirigida creencia nació de años de ser un estudiante que no tiene que hacer muchas preguntas.

Luego fui a mi primer entrenamiento en Olimpiada de Matemáticas en mis vacaciones de 10° grado. La primera clase comenzó con el profesor escribiendo ‘Conteo’ en la pizarra. Bueno, pensé. Puedo contar . . . y me permití distraerme por un rato. Al cabo de diez minutos me había perdido por completo. Dejé de tomar notas y esperé, desesperadamente, a que termine la clase. No me atreví a levantar la mano. Estaba convencido de que preguntar en clase sólo me haría ver como un niño tonto.

Al salir de clase busqué al profesor y le pedí que me lo explique otra vez aquello que no había entendido y lo hizo con toda la paciencia del mundo. Yo igual no entendía. Pero, en lugar de preguntarle de nuevo y arriesgarme a hacerle creer que era estúpido y que no pertenecía a este grupo de entrenamiento, le di las gracias y le dije que había entendido todo. Pasé los siguientes semanas soñando despierto en su clase, mientras que dejaba escapar de mis manos una gran oportunidad.

Ya no tengo quince años y lastimosamente no puedo volver el tiempo atrás para aprovechar las oportunidades perdidas. Todavía no soy muy bueno para hacer preguntas. Tal vez eso es un hábito desarrollado con anterioridad. Pero sí al menos sé que hacer preguntas no es “sólo para niños tontos.” Resignarse a aceptar la propia falta de entendimiento en lugar de correr el riesgo de hacer una pregunta estúpida . . . ¡ESO SÍ ES DE NIÑOS TONTOS!